Cada Año Nuevo trae consigo el deseo de comenzar de nuevo, de corregir el rumbo y de acercarnos cada vez más a la mejor versión de nosotros mismos. Para quienes creemos en Cristo, ese anhelo apunta a algo más profundo: crecer hasta “la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13). Sin embargo, no siempre es el cambio de calendario lo que provoca una transformación real. En muchas ocasiones, Dios utiliza circunstancias inesperadas para confrontarnos y redirigirnos hacia Su propósito.

En mi caso, ese llamado llegó en junio de 2025, cuando un diagnóstico médico reveló que mis niveles de azúcar en la sangre habían permanecido peligrosamente altos durante años. Mi cuerpo estaba pagando el precio de un estilo de vida no saludable, y la noticia me obligó a detenerme y mirar con honestidad hacia mi interior. Aunque mi fe en Cristo me había enseñado a no temer a la muerte y valorarla como ganancia para estar para siempre con Cristo, el rostro aterrorizado de mi familia me recordó una verdad esencial: mi vida no me pertenece sólo a mí.

Comprendí entonces que Dios me llamó a ser parte de un cuerpo. Mientras tenga aliento, soy un instrumento —por un tiempo— para aquellos que me rodean. No porque sea indispensable, sino porque Dios, en Su gracia, decidió usarme para reflejar Su amor y Su verdad. Esa convicción me llevó a reconocer también mi responsabilidad delante de Él por el cuidado de mi cuerpo.

El propósito de Dios y nuestra responsabilidad

La Escritura es clara al afirmar que no somos dueños de nosotros mismos: “Habéis sido comprados por precio” (1 Corintios 6:20). Nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo y, como tal, debe ser honrado. Vivir con propósito no se limita a servir en la iglesia o a compartir el evangelio por doquier; incluye también la obediencia en las áreas prácticas de nuestra vida personal.

Dios nos creó para vivir en relación con otros, y nuestras decisiones afectan a quienes amamos. Somos llamados a ser sal y luz (Mateo 5:13–16), embajadores de Cristo en un mundo necesitado. Esto implica reflejar Su carácter no sólo en lo espiritual, sino también en la manera en que cuidamos lo que Él nos ha confiado.

Obedecer también es parte del propósito

El diagnóstico me llevó a realizar cambios profundos: ajustar mi alimentación, incorporar actividad física, acudir regularmente al médico y seguir un tratamiento constante. Nada de esto me resultaba fácil. Comer siempre fue mi mayor debilidad, el ejercicio nunca fue parte de mi rutina y evitaba al máximo cualquier tipo de medicamentos. Sin embargo, entendí que la obediencia a Dios muchas veces requiere negarnos a nosotros mismos.

La Palabra nos recuerda que la disciplina de Dios no es agradable al presente, pero produce fruto apacible de justicia (Hebreos 12:11). Cada decisión tomada con fe se convirtió en un acto de adoración. No se trataba sólo de preservar mi salud, sino de honrar a Dios con todo mi ser. Aprendí que el propósito de Dios se vive en lo cotidiano, en la fidelidad diaria y en la disposición a someternos a Su voluntad.

La gracia de Dios y los resultados

Para gloria de Dios; gracias a su fidelidad y por su infinita misericordia, los resultados no tardaron en llegar. A los pocos meses, mis niveles de azúcar se normalizaron y no hubo evidencia de daño irreversible en mis órganos.  Más allá del resultado médico, este proceso transformó nuestra manera de vivir como familia. Nos hizo más conscientes de lo vulnerables que somos como humanos aprendiendo a apreciar los días que Dios nos regala en esta tierra. Todo esto reconociendo que Él es quien sostiene la vida y quien nos llama a vivirla con propósito, para que otros puedan conocerle a través de nosotros para gloria suya.

Un reto para el nuevo año

Te propongo que en este nuevo año te detengas a considerar cuán preciosa es tu vida delante de Dios y cuán necesaria es tu presencia en medio de una sociedad cansada y sin esperanza. Pregúntate si estás cuidando aquello que Dios te ha confiado y si tus decisiones reflejan que Cristo es el centro de tu propósito.

Decidamos crecer en el conocimiento del Hijo de Dios hasta llegar a ser “un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”, anhelando parecernos cada vez más a Él, para que el mundo pueda ver a Cristo en nosotros. “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:16).

Christina Ochoa

Cristina Ochoa, es colombiana, esposa del pastor Over Ochoa, de la iglesia Vida Victoriosa en Prosper, TX, y son padres de una hija.  Cristina es Ingeniera de Sistemas, graduada de la Universidad Autónoma de Colombia, y Licenciada en Teología por la Facultad Latinoamericana de Estudios Teológicos (FLET).
Actualmente su enfoque está en el discipulado de mujeres y el entrenamiento de líderes para el desarrollo de la iglesia. Junto a su esposo, han plantado dos iglesias en el norte de Dallas en los últimos 15 años. Actualmente ambos sirven junto a Send Network SBTC en el asesoramiento y evaluación de los futuros plantadores.

Cristina Ochoa, es colombiana, esposa del pastor Over Ochoa, de la iglesia Vida Victoriosa en Prosper, TX, y son padres de una hija.  Cristina es Ingeniera de Sistemas, graduada de la Universidad Autónoma de Colombia, y Licenciada en Teología por la Facultad Latinoamericana de Estudios Teológicos (FLET).
Actualmente su enfoque está en el discipulado de mujeres y el entrenamiento de líderes para el desarrollo de la iglesia. Junto a su esposo, han plantado dos iglesias en el norte de Dallas en los últimos 15 años. Actualmente ambos sirven junto a Send Network SBTC en el asesoramiento y evaluación de los futuros plantadores.